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JerezHoy 2020

Jerez sin Frontera

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Introducción

Los romanos decían ubi societas ubi deretio, en un afán de demostrar que allá donde existía un grupo humano, inmediatamente surgían una serie de normas que lo estructuraban. Del mismo modo podemos decir, en otro orden de cosas por supuesto, que allá donde se establecieron las familias gitanas que poblaron Andalucía, surgió el cante. Y es éste un binomio indisociable, que dio origen a una manifestación artística colosal.

Pero no crean que es ésta una cuestión pacífica. Sobre esta cuestión preliminar se han vertido auténticos ríos de tinta. Incluso en algunas conferencias se habla de corrientes "historicistas" y "gitanistas". El flamenco es por encima de todo un fenómeno andaluz pero que sin la aportación de las familias gitanas se hubiera quedado en un rico folclore, que hubiera quedado huérfano de los temblores de la tierra, de la sal y el sol, de la herida entreabierta.
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El gitano canta flamenco desde que se hace andaluz como ya todos sabemos, sin que conozcamos a ciencia cierta cuando este hecho temporal se produce. Siendo las primeras noticias musicológicas las reinterpretaciones, con un acento y son particulares, de la poesía lírica que le era propia al resto de la colectividad. Buena prueba de ello, son los romances o corridos, rescatados muchos de ellos por Luis Suárez Ávila. Romances, generalmente octosílabos, que pertenecían al acervo castellano. Cantaores como José El Negro del Puerto, Agujetas El Viejo y un no muy largo etcétera, conservaron en sus memorias grandes fragmentos de viejos corridos que muy bien pudieran pertenecer a los siglos XIV ó XV. ¿Por qué de la amplia muestra de estos informantes salen los mismos perfiles?. Resulta que los que conservan estas primitivas formas son pertenecientes a familias gitanas bajo andaluzas y, todos añaden un elemento que va a diferenciar la interpretación con la del resto de la colectividad andaluza o castellana: la queja, la protesta, el dolor. Como siempre, las razones de esto no son unívocas sino que responden a muchas cuestiones que iremos desarrollando. Generalmente el pueblo gitano se sentía identificado con algunos de los personajes que protagonizaban los romances, como Bernardo El Carpio, y aquellas historias romanceadas que nos contaban cautiverios y rescates, relatos en algunos casos paralelos a su propia historia. Aunque tampoco se trata aquí de explicar este interesante tema, sino de perfilar lo que representan las familias cantaoras, más concretamente las familias cantaoras de Jerez.

Andalucía - Jerez

En primer lugar citamos el sedentarismo. El pueblo gitano fue siempre nómada por propia naturaleza, de ahí su bandera de los verdes campos y el cielo abierto. Algunas crónicas costumbristas, más anecdóticas que otra cosa, como la de "Los españoles pintados por sí mismos", nos describen "una raza condenada a una vida errante, que busca albergue debajo de los árboles, al pie de solitarios castillos o en el fondo de una quebrada".

En Andalucía, se va a producir un fenómeno inverso que va a ser una de las primeras claves de la singularidad de estos gitanos del sur de España. El asentamiento de auténticos clanes familiares que fueron creciendo en cierta armonía e integrándose en una sociedad que no fue del todo intolerante con sus modos de vida. Y de nuevo se repite que donde se asentaron estas familias surge el cante y viceversa. Basta echar una rápida mirada a la nómina de artistas que conocemos para ver su procedencia, siendo los que nunca se dedicaron al artisteo una infinitud difícil de calibrar, en muchos casos superando con creces a los propios profesionales. En Jerez, hemos tenido cientos de estos ejemplos, pudiendo citar acaso a Tío José de Paula, Carapiera, La Bolola, Juan Jambre, El Peste, el Morao viejo, por lo más antiguos o el caso de Luis el Zambo, en la actualidad.


Estos asentamientos se producen en Jerez, principalmente en los barrios de Santiago y San Miguel, en La Plazuela. Debemos recordar que muchas familias gitanas asentadas en Andalucía poseían una Real Cédula, firmada en Valladolid en 1.602, con sobrecarta confirmada por Felipe III, en 1.620, donde se conceden a ciertas de estas familias libertad para instalarse, no obstante las leyes promulgadas contra los gitanos.

Curiosamente llama la atención que cuando se realizan los censos de 1.784 y 1.785, más del 67% de los gitanos españoles viven en Andalucía, con las provincias de Cádiz y Sevilla (el camino real) a la cabeza con más del 31%, datos que vienen a confirmar cuanto decimos. Hay otros datos de gran importancia, después del prendimiento general en 1.749, el porcentaje de los gitanos que son reclamados para volver a sus domicilios son del 79% en Sevilla y Cádiz, representando tan sólo el 20% en otras regiones. Hay que tener en cuenta también como dato integrador que el porcentaje de matrimonios mixtos a finales del XVIII es del 92% de los casos que se dan en toda España.


Hay otras zonas, sí. Pero allí donde no se establecieron estas familias, han nacido cantaores o cantaoras de una forma muy singular y esporádica, la mayor parte de las veces sin unas raíces anteriores ni posteriores. Sin alcanzar a formar un conjunto, una colectividad unida, además de otras muchas costumbres, por la música que le legaron sus mayores, como tesoro intemporal.

Como bien apunta Pedro Peña, hijo de La Perrata: "Los gitanos bajo-andaluces consiguieron un importante sedentarismo que pudieran aventajar muchos años al sedentarismo de otras colectividades de España y el mundo y una lograda convivencia con sus convecinos no gitanos. La persistencia de una tónica generalmente en paz, genera una adaptación a la vida que ha sido la base indiscutible de un colectivo étnicamente diferenciado." "Y dado que habían vivido sedentarizados no es difícil explicar que, en un corto espacio de tiempo, lograran un grado consistente y elevado de respeto y convivencia, hecho que puede evidenciarse en la actualidad." El tocaor e investigador lebrijano, llega incluso a precisar la importancia del establecimiento en trabajos no ambulantes, caso de la gran profusión de gitanos herreros habitados en Triana, Alcalá, Lebrija, Jerez, Los Puertos y Cádiz, ya que "según el censo efectuado en tiempos de Carlos III, en al año 1.794, solamente en Triana se constata la existencia de 126 herreros." Procedentes quizás de una de las ramas de gitanos llamados "grecianos", que al parecer llegaron por el Mare Nostrum, como se prueba su existencia en la isla de Corfú, donde llegaron aproximadamente en 1.346.


Cuenca del Guadalquivir

La llegada de estas familias gitanas o "flamencas" también es una cuestión llena de matizaciones y controversias. Principalmente citemos dos teorías: aquellas que afirman documentalmente la entrada de un tal Juan el Egiptano y su prole por el norte de Aragón en 1.425 y la que, por el contrario, cita el Estrecho de Gibraltar como puerta de acceso, muchos siglos antes. Es donde se alinean autores como Clebert o José Carlos de Luna, con su conocida teoría de los "gitanos de la Bética".

Sea como fuere, estas comunidades, agrupadas en familias van a conseguir unos elementos diferenciadores sobre otras comunidades gitanas del mundo, aunque preservando aspectos que le son comunes. Un modo de "ser" y "estar" ante la vida, permeables pero impermeables al mismo tiempo, orgullosos de su procedencia, venerables con sus mayores, enamoradizos, con gran solidaridad para su colectivo, celosos de sus tradiciones y celebraciones, más primitivos existencialmente.

La abuela Tota, una anciana octogenaria de la conocida Casa Nueva, una de las casas más gloriosas de la calle del mismo nombre, decía que para los flamencos en Santiago sólo había una puerta, y todas las demás estaban de par en par. Hay otros testimonios de esta hermandad cuando trabajaban los campos de sol a sol. Y son estas familias las que van a dar un acento especial a la música andaluza dotándola de un rajo particularísimo y un sexto sentido del ritmo, al que llamamos compás, un elemento consustancial a la propia expresión vital de los gitanos, que caminan, comen y hasta torean a compás.

Esto puede comprobarse fácilmente cuando podemos calibrar la coexistencia de dos escuelas distintas, tales que la representada por Silverio, Salvaorillo, La Trini, Don Antonio Chacón, Vallejo, Marchena, José Cepero, La Trini, Fosforito, Carmen Linares o Enrique Morente, más artística si quieren utilizar este término o más convencional, frente a la que representan El Fillo, El Nitri, El Loco Mateo, Curro Durse, La Serneta, Manuel Torre, Tomás Pabón, su hermana la Niña de los Peines, Mojama, Juan Talega, Terremoto, La Paquera, Fernanda de Utrera, Camarón o Agujetas, impregnadas de vivencias y tradiciones familiares.

Dos concepciones estilísticas radicalmente distintas aún tratándose de lo mismo, aunque ambas tienen su belleza indiscutible, y hay que sumar y no dividir, pues tampoco podría entenderse el fenómeno del cante sin la aportación andaluza no-gitana. Pero, no podemos negar la diferente manera de interpretar que ambas escuelas poseen, que repito no hay que entenderlo de manera antagónica sino complementaria. Pues lo verdaderamente hermoso del Flamenco es su compleja diversidad en estructuras, ritmos, voces etc...

Personajes como Federico García Lorca y su poética forma de entender las cosas, tienen que claudicar ante esta disyuntiva. Resumió en una frase antológica una cuestión que nos viene como anillo al dedo. Fue justo al final de sus días cuando, estudiado y redefinido el elemento gitano y el cante, decide decir, a modo de conclusión vital: "la verdad del cante jondo residen en 10 ó 12 familias gitanas entre Sevilla y Cádiz".

Estas familias asentadas en la cuenca del Guadalquivir, en el camino real que se llamaba entonces y que unía las ciudades de Cádiz y Sevilla, llevan consigo una memoria histórica llena de sal en las heridas, como diría Félix Grande: "la historia del cante, es la historia de una lágrima duradera que se transformará a finales del siglo XVIII, desde la prodigiosa y milenaria tradición musical andaluza en una de las músicas más bellas de la tierra, en una de las músicas más llenas de consuelo y desconsuelo que han inventado el genio, el dolor y la memoria de los hombres. Una voz que nos relata la pena y la arrogancia de una marginación que terminó convirtiéndose en una auténtica obra de arte. Todo lo que nace del dolor se hace auténtico. La música flamenca, es en resumidas cuentas, la unión de la antiquísima tradición musical de España, con la pena de los gitanos."

Y para todo esto no hace falta acudir al mundo de la erudición, mejor acudir a los testimonios orales de los miembros de estas familias cantaoras, que son auténticos patrimonios de la Humanidad. Baste recordar las palabras de Manolito de María, uno de los más válidos transmisores de los cantes de Joaquín el de la Paula, junto a Juan Talega: "Yo canto así, porque me acuerdo de lo que he vivido".


Jerez

Pero, centremonos en Jerez de la Frontera, de la que dijo Federico García Lorca "¡Oh ciudad de los gitanos!/¿Quién te vio y no te recuerda?". Si al comienzo decíamos que allá donde se constata la existencia de focos de gitanos avecindados en la baja-Andalucía, el cante surge en cantidad y en calidad, como parte de una genética heredada, es lógico que Jerez sea una de las ciudades que más artistas grandes ha dado al género. Jerez, en un enclave intermedio y estratégico en el camino real, gracias a la fertilidad de sus tierras y su importante ganadería, que ya fueron admiradas por los romanos, otorgándole el nombre de la diosa de la fertilidad, Ceret, va erigirse en uno de los puntos claves del asentamiento de familias gitanas.

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Tenemos noticias de la presencia de estas familias en los arrabales de la ciudad, concretamente alrededor de dos templos: Santiago y San Miguel, sobre 1.464, y aparecen también en 1.524 como fragueros, en 1.541, como vendedores de menudo, como caldereros callejeros en 1.567, como canasteros en 1.587, y como lateros en 1.595. Como vemos dedicados unos a las labores agrícolas y otros a las labores de las triperías y las fraguas. Aunque hay que añadir la existencia de un barrio gitano, ya prácticamente desaparecido, que es el de la Albarizuela o San Pedro, en la que nacieron artistas de la talla de Mercé La Serneta, concretamente en la antigua calle De los Gitanos, actualmente conocida como Gómez Carrillo (*). Andando el tiempo, se van a erigir en dos barrios flamencos, que hoy día aún gozan de gran vitalidad, aunque en menor medida, de vital importancia donde van a desarrollarse una gran numero de familias cantaoras.

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La historia de Jerez no puede entenderse sin el elemento gitano. Tanto es así, que hay estudios que confirman que uno de cada cuatro jerezanos tiene sangre calé en sus venas. En cierta ocasión cuando, en 1.746, el corregidor de Jerez y el Concejo intervienen para que los Monge sigan en sus domicilios, pese a la prohibición, por ser útiles a la ciudad como fragüeros, ellos van a decir que su familia estaba domiciliada en Jerez, desde hace muchas generaciones. Y que poseen Reales provisiones de castellanos viejos. En 1.783, el censo registra en Jerez la notable cantidad de ochenta y nueve gitanos.

Luis Clemente afirma, que entre estas familias hay una auténtica "telaraña consanguínea" cuyos lazos se extienden a Lebrija, principalmente, por parte de los santiagueros y a Los Puertos, por parte de los plazueleros. Lo que llama poderosamente la atención es lo que el cante ha significado siempre para ellos, como alimento espiritual, como vínculo metafísico, como parte indisociable de sus vidas. Personajes enduendados que viven a compás.

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Sus mayores dicen que ellos siempre estaban cantando: en los abiertos campos, en las fraguas, las gañanías, como rito de su propio modus vivendi. Siendo el cante un testamento oral de sus mayores, transportado de generación en generación y desde siglos. Hay que haber vivido algunas de sus celebraciones para comprobrarlo. Todos cantan, todos bailan, casi todos saben hacer algo. Desde la octogenaria abuela hasta el pequeño que apenas levanta dos palmos del suelo y que no conoce más academia que la propia sangre. Es impresionante saber que ya el sexto o séptimo abuelo de un José Mercé, por ejemplo, ya cantaba. Sólo así podemos valorar este fenómeno en su justa medida, sin temor a equivocarnos. Como decía Tía Anica, en sus confesiones a Ortiz Nuevo: "era raro encontrar una casa donde no supieran cantar o bailar".

Así tenemos una nómina formada por una interminable pléyade de familias, donde el cante ha sido y es afortunadamente el propio reflejo de sus existencias. Hasta el punto de morir cantando, como Tío Juanichi el Manijero.

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Podemos citar a: Los Marruros, Charamuscos, Chicharrones, Mondejas, Pipoños (que es la rama de los Pantoja), Torritos (descendientes de Manuel Torre), Los Morenos o Moraos (con una saga de guitarristas impresionante), Los Paulas (la gente de Tío José), de donde desciende un arcángel del toreo llamado Rafael y jinetes olímpicos.

Los Pauleras y Vargas de donde salen afluentes tan gloriosos como Los Macarrones y los Frijones, Terremotos, Jiménez, Los Ramos (de donde salen Las Pompis y su hermano El Gloria), Valencias (con Mojama y Diamante Negro a la cabeza), los Molinas, Los Ramírez, Cantorales (punto de arranque de los Torre), parte de los Ortegas con mayor profusión en Cádiz, Cantarotes, Los Antúnez, Los Bareas, Sotos (amplísima saga de los Sorderas), Loretos, Romeros, Los Colas, Gálvez, Heredias, Méndez (Paquera y sus gentes), Los Flores, Zarzanas, Peñas (a medio camino entre Jerez y Lebrija), Güizas, los de Las Heras (apellido del Loco Mateo), Monjes (emparentados con la familia de Camarón), Suárez, Malenos, Fernández (una rama innumerable, con personajes tan importante como el Juanichi el Manijero, El Tati, Tío Borrico, Terremoto, El Serna), Los Parrillas de ésta misma rama, Los Reina, Los Vegas o Rebecos, Torranes, Los Junqueras, Los Pipas, Los Realos, Montoyas, Gallardos o los Zambos (donde se cruzan la dinastía de Paco La Luz, la de los Sordera, con la de los Rincones, unos gitanos sanluqueños), los Carrasco también nombrados como Jeros, Los Moneos, Los Chalaos, Los Rubichis, Los Carpios, Los Agujetas.

Estos, que no son todos los apellidos y apodos de las familias cantaoras, de Jerez, fueron multiplicándose y elevando a la categoría de arte supremo su propia manera de expresarse ante la vida. De entre ellos, podemos sacar más de 200 artistas y otros tantos que nunca se hicieron profesionales. Pues hay de destacar la resistencia que siempre tuvo el flamenco a salir del seno familiar, que por norma general, era bastante numeroso, apenas cumplido los 20 años, y a la flamenca por su condición de mujer.

Curiosamente, y he aquí de nuevo a la herencia, en un arte que bien sabe de genomas, cada rama ha dado un tipo de voz, unas singularidades, citar por ejemplo el mismo eco transido en todos los Agujetas frente a voces más claras, pero más rítmicas de los Sordera. O que decir del aire que llevan las guitarras de todos los Moraos, del Manuel, pasando por Juan su hermano, hasta llegar a Moraíto o a su hijo Diego, sin citar a otros tantos menos famosos, pero con el mismo son. Eso sólo se puede comprender desde el injerto racial de estos cayos reales.

Para finalizar, si hubieramos profundizado al detalle, estaríamos aquí "hasta que venga el lechero", como solía decir Manuel Soto "El Sordera" al comenzar sus recitales.